Más allá de la rúbrica

01/05/2018

¿Un instrumento más para seguir haciendo lo mismo o una oportunidad para integrar la evaluación en el proceso de aprendizaje? Las rúbricas de un solo punto como alternativa.

Más allá de la rúbrica

Ahora que la mayoría del profesorado está familiarizado con las rúbricas como instrumento de evaluación, quisiera aportar algunas reflexiones personales acerca de lo que se puede hacer con ellas y presentar las rúbricas de un solo punto como alternativa de evaluación.

Un instrumento más para seguir haciendo lo mismo

Para una buena parte del profesorado, la primera impresión cuando toma contacto con las rúbricas suele ser de rechazo ante un instrumento nuevo y complejo. Si, además, se le exige que se ponga de acuerdo con sus compañeros en la elaboración, puede suponer ya un cambio importante en su cultura de trabajo.

No debe sorprendernos que el uso de la rúbrica sea anecdótico cuando solo se percibe como un instrumento añadido a lo que ya se hacía: una evaluación mayoritariamente a través de pruebas escritas frecuentes con las que se hace la media para tener una calificación final. Por no hacer mudanza en su costumbre, el docente usará la rúbrica para corregir él mismo alguna actividad de los alumnos ya finalizada. Una nota más para el cuaderno de calificaciones. Hacer esto supone mucho esfuerzo para el poco valor añadido que se le saca en términos de aprendizaje de los estudiantes.

Una oportunidad para integrar la evaluación en el proceso de aprendizaje

Introducir un instrumento como la rúbrica en el proceso de aprendizaje suele venir acompañado de una gran resistencia del profesorado, que atribuyo no al instrumento en sí, sino a la cultura dominante sobre la evaluación en la escuela. Se da por sentado que la evaluación debe ser justa, objetiva y numérica. Al respecto, Saturnino Martínez, sociólogo de la educación, afirma en su libro “La equidad y la educación” (2017), citando a Han:

“Existe un fetichismo del número en general que nos lleva a creer que si podemos etiquetar algún proceso complejo con un número con decimales tenemos una mejor comprensión del fenómeno […]. En educación, esta cosificación la podemos enmarcar en la tradición evaluadora psicométrica en la que el proceso de aprendizaje se descompone en una serie de operaciones e informaciones sencillas, y en las que el alumnado aprende estrategias, como rutinas o memorización, que le permiten superar las pruebas y olvidar lo estudiado tras el examen, sin que llegue a producirse un aprendizaje significativo (Esquivel, 2009; Stobart, 2010).”

Por tanto, además de pensar en la evaluación como un proceso que orienta y regula el aprendizaje, deberíamos caminar hacia una evaluación más cualitativa e ir valorando la posibilidad de reducir o eliminar las calificaciones numéricas, tal como sugiere la investigación al respecto (véase el post Hacia un futuro sin calificaciones de Arthur Chiaravalli).

En todos los claustros hay quienes ven cómo el instrumento se adecúa a retos que, hasta el momento, le resultaban difíciles de abordar. Por ejemplo, la rúbrica sirve para definir los niveles de logro en los aprendizajes de los estudiantes, de manera genérica, de tal modo que ellos mismos pueden evaluar en todo el proceso dónde están y cuáles son sus progresos. La rúbrica también puede emplearse para que el estudiante sea consciente desde el inicio de cuáles son los objetivos de aprendizaje, ajustando su grado de esfuerzo e interés al nivel que desee alcanzar.

Además, la rúbrica también puede emplearse para diversificar los instrumentos de evaluación, introduciendo nuevas actividades para los estudiantes como exposiciones orales, dramatizaciones, elaboración de vídeos u otros materiales. Cada una de ellas puede acompañarse de una rúbrica que valorará el producto. En estos casos no debemos perder de vista cuáles eran los objetivos de aprendizaje (tomándolos del currículum). Es decir, más allá de los aspectos comunicativos del producto (por ejemplo, un vídeo), debemos evaluar lo que los alumnos aprenden cuando hacen el vídeo.

La rúbrica presenta oportunidades interesantes para que los estudiantes:

  • La empleen como autoevaluación y coevaluación.
  • La empleen al inicio, durante el proceso y al final del aprendizaje.
  • Se familiaricen con los criterios de evaluación y los objetivos de aprendizaje.
  • Propongan modificaciones en la rúbrica, incluso elaboren descriptores si es necesario.

En todos estos casos, se pone el énfasis en la autonomía del estudiante y en la competencia de aprender a aprender, a la que hay que dedicar tiempo y diferentes contextos para que sea desarrollada por el estudiante.

Más interesante aún me parecen estas oportunidades para la regulación de los procesos de enseñanza-aprendizaje por parte del docente. Recoger datos e información sobre el progreso de los estudiantes para simplemente anotarlos en una plataforma, hoja de cálculo o cuaderno limita la evaluación a un acto burocrático. Esa información debería servir para tomar decisiones personalizadas sobre cuáles son los siguientes pasos que podría dar el estudiante en su aprendizaje, orientando el diseño de la organización social del aula y de las actividades de aprendizaje. Y, en este análisis y decisiones, hay evidencia de que la participación del alumno es la medida más eficaz para su aprendizaje de todas las que se pueden aplicar (véase el estudio de más de 800 metaanálisis publicado por J. Hattie (2017), un auténtico best-seller en el mundo educativo anglosajón).

Una alternativa a la rúbrica: la rúbrica de un solo punto

A pesar de todo, la rúbrica no deja de ser un instrumento difícil de construir cuando lo que se pretende definir son los niveles de logro en una competencia concreta. Requiere reelaboración y reajuste, además de una precisión y claridad en el lenguaje no siempre fáciles de conseguir. La rúbrica, además, es un instrumento cerrado. Aplicada de manera sistemática, los alumnos se serán conscientes de los objetivos de aprendizaje desde el inicio y se moverán en la escala que quien elaboró la rúbrica diseñó en un momento dado, quizá sin conocer siquiera a los estudiantes (es el caso de las rúbricas elaboradas por las editoriales, por ejemplo). La rúbrica no deja lugar al comentario cualitativo ni a la pregunta retadora. Es fácil de traducir a una nota y por ello los estudiantes tienen serias dificultades a la hora de emplearla como autoevaluación o coevaluación.

Una alternativa a la rúbrica es la rúbrica de un solo punto. Como puede verse en este enlace, se trata de una simplificación de la rúbrica en la que se escribe el nivel estándar de logro en el centro y se deja espacio en blanco a izquierda y derecha. Si el estudiante alcanza el nivel establecido, se indican las evidencias en la columna derecha. En caso contrario, se indica a la izquierda qué debe hacer para lograrlo. Esta estructura cualitativa permite al estudiante situarse con mayor franqueza respecto a su aprendizaje por medio de la autoevaluación o la coevaluación. La rúbrica de un solo punto facilita la toma de decisiones sobre el aprendizaje y puede ser la base de una evaluación continua basada en el diálogo en lugar de en los exámenes continuos.

Referencias bibliográficas y enlaces:

Mariana Morales Lobo
Consultora en el ámbito de la educación
Miembro del equipo de apoyo de la PIPR
Twitter: @Marianamorale19
es.linkedin.com/in/marianamoraleslobo

3 Comentarios / Comentaris

  • Marnie Suárez dice:

    Artículo muy interesante, porque nos señala que las rúbricas son para guiar el proceso de enseñanza y aprendizaje y no para tomar y acumular un montón de calificaciones.

    • Mariana Morales dice:

      Gracias, Marnie, por leer y comentar el post. En efecto, el objetivo de un buen maestro no es recopilar datos, sino guiar al alumno en su aprendizaje. Acumular datos sin más solo es burocracia, es necesario tomar decisiones después

  • […] con esto último queremos referenciar un post anterior en el que se mencionó el valor de las rúbricas de un solo punto. Consideramos valioso el aporte de este tipo de rúbricas, fundamentalmente en relación con la […]

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