Escritura reflexiva: resignifiquemos nuestro saber pedagógico

09/01/2018

Por Marcela Jarpa

 

El lugar de la escritura en la formación inicial y continua de profesores es mucho más que una habilidad comunicativa, es un recurso indispensable para consolidar el saber pedagógico y la práctica reflexiva.

¿Por qué es importante escribir nuestras experiencias pedagógicas?, porque al hacerlo resignificamos nuestras estructuras de conocimientos, creencias y valores, otorgándole un nuevo punto de vista y consolidando nuestro saber pedagógico, no sólo para nosotros, sino también para otros.

Veamos cómo otros profesionales aprovechan la escritura como un recurso para construir, difundir y afianzar su experiencia profesional.

Un claro ejemplo de esto son los médicos, quienes suelen escribir y dejar registro de aquellos casos complejos o peculiares, con el fin de que la experiencia y el conocimiento implicado en él sean un aporte para el avance de la medicina y una oportunidad de aprendizaje para los nuevos especialistas. El Caso Clínico constituye una clase de texto que los médicos utilizan para describir la historia de un paciente que presenta una enfermedad actual. En él se presentan los antecedentes pertinentes, la evolución y, normalmente, se concluye con el diagnóstico y el tratamiento. También es posible que se incorpore el seguimiento para juzgar el impacto en la salud del paciente. En síntesis, el escribir un Caso Clínico se transforma en un profundo ejercicio reflexivo que permite analizar y evaluar el propio ejercicio profesional.

Bajo esta perspectiva, consideramos a la escritura como un dispositivo o un recurso que, por una parte, posibilita la sistematización de un proceso de racionalidad técnica (Schön, 1998) y , por otra, le da visibilidad al proceso reflexivo. Entonces, vale la pena preguntarnos: ¿podemos y/o debemos los docentes escribir nuestras experiencias docentes y así profundizar nuestro saber pedagógico y, al mismo tiempo, dejar un legado para las nuevas generaciones de profesores? La respuesta es definitivamente sí, pero ¿cómo hacerlo?

En primer lugar es preciso decidir qué queremos escribir y para qué.  Al respecto, presentaré, brevemente, algunos Géneros de Reflexión Pedagógica[2] escritos que los docentes podemos elaborar para fortalecer nuestra capacidad analítica y evaluativa.

Si lo que queremos es hacer un seguimiento profundo y acabado de una situación particular, el Estudio de Caso, podría ser un género textual apropiado. Lo importante es centrar el ámbito temático (curricular, metodológico, organizativo, didáctico, psicoemocional, familiar, etc.) y el objeto de la reflexión (instrumento de evaluación, secuencia didáctica, plan de mejoramiento, asignación de cargos, situación familiar, una conducta de un estudiante, etc.) y a partir de estos aspectos, analizar la situación en detalle. Así por ejemplo, la organización de este texto contemplaría las siguientes partes: una contextualización de la situación pedagógica donde surge el caso; una fundamentación del porqué es una situación relevante que merece la atención y el análisis; descomposición de los elementos que constituye el caso y el análisis de cada uno de estos;  justificación de las decisiones y acciones realizadas a la luz de la literatura especializada y, finalmente, las consecuencias (positivas o negativas) del caso.

Otros géneros textuales que se pueden escribir también son el Diario y la Bitácora Ambos tienen como propósito registrar cronológicamente el trabajo de aula  o educativo del docente, con el fin de hacer un seguimiento de las prácticas pedagógicas que se implementan. Si bien la organización discursiva de ambos es más o menos similar, el Diario (Jarpa, Haas & Collao, 2017) es un relato donde se recogen percepciones más personales y subjetivas respecto del actuar del profesor y que puede ser muy útil para identificar algunos nudos críticos. La Bitácora, por su parte, tiene un orientación más técnica, pues el énfasis está puesto en el análisis y evaluación de las decisiones metodológicas o de los procedimientos llevados a cabo frente a determinada tarea. Por ejemplo, se puede elaborar una Bitácora para analizar y evaluar el diseño e implementación de una secuencia didáctica de una determinada unidad, relevando los diversos elementos implicados en esta (modo de presentación de los contenidos disciplinares, recursos didácticos, instrumento de evaluación, resultados, etc.).

El Registro de Campo puede ser un muy  buen instrumento para la observación de clases y la sistematización de los comportamientos de los sujetos observados (estudiantes, profesores, apoderados, etc.). El Registro de Campo tiene como foco la descripción del otro o de lo otro (que es externo al sujeto que escribe), por lo tanto, prima una perspectiva más bien objetiva. Sin embargo, este género también incorpora la valoración de las acciones de los sujetos que se observan en función de ciertos criterios previamente establecidos. Por ejemplo, si un Jefe Técnico Pedagógico observa las clases de sus profesores, la valoración y evaluación de las prácticas pedagógicas observadas pueden hacerse en función del proyecto educativo que tenga el centro educativo.

La Crónica del Docente o del Directivo (Jarpa & Quiroga, 2013) tiene como finalidad identificar una disonancia cognitiva que el profesor haya experimentado durante el ejercicio profesional y que haya provocado un quiebre en el sistema de creencias del propio sujeto. Posteriormente, se analiza esta disonancia, desde diversas perspectivas teóricas para, posteriormente, proponer cambios futuros en la forma de hacer las cosas.  Este ejercicio de escritura significa repensar la propia experiencia y las decisiones tomadas, con el fin de no volver a cometer los mismos errores, pero sobre todo como una oportunidad de mejora continua en el desarrollo profesional del educador.

Los géneros anteriormente expuestos son solo una muestra de algunos productos textuales que sistematizan la reflexión y, que sin duda, contribuyen a generar hábitos de escritura en los docentes. Como lo señala Quintero, Torres y Cardona (2007) la escritura permite la transformación de la actividad docente en actividad intelectual y, por lo tanto, un requisito fundamental de un profesor altamente capacitado es que sea también un escritor consolidado. De la misma manera, Zuluaga y Echeverri (2003) advierten que las instituciones educativas deben ser campos de experimentación pedagógica, donde los profesores estamos llamados a integrar todas aquellas experiencias que están dispersas, siendo el ejercicio de la escritura y reescritura una forma de vincular la teoría y la práctica, la investigación y la enseñanza.

El corazón de este proceso es la práctica reflexiva (Domingo, 2014), pues gracias a ella transitamos desde un saber simbólico a la consolidación de una episteme que promueva la construcción del saber pedagógico y la conformación de comunidades de aprendizaje. Los profesionales reflexivos reconstruyen y comparten su experiencia profesional, configurando un campo de acción concreto y modelando un hábito profesional de formación permanente que nos lleve a ser cada día más autónomos, confiados y efectivos.

Dra. Marcela Jarpa Azagra
Escuela de Pedagogía
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso,Chile.
Investigadora postdoctoral de la Universitat Pompeu Fabra,Barcelona,España[1]

Referencias bibliográficas

  • Domingo, & Gómez, M. (2014). La práctica reflexiva. Bases, Modelos e instrumentos. Madrid: Narcea.
  • Jarpa, M. & Quiroga, M. (noviembre 2013). Escritura profesional docente la Crónica docente-directiva como instrumento de reflexión para la disonancia cognitiva. Ponencia presentada en el XX Congreso de la Sociedad Chilena de Lingüística. Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile.
  • Jarpa, M; Haas, V & Collao, D. (2017). “Rol y función del diario del profesor en formación en la prácticas iniciales”. En J.M. Garrido, A. Bustos & V. Vega (Ed.) De los fundamentos a las prácticas: algunos desafíos en la formación inicial docente. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso.
  • Quinteros, J; Torres, F. y Cardona, M. (2007). “El maestro escribe su saber y su hacer”, Lenguaje, 35, nº 1, pp. 279-300.
  • Schön, D. (1998). El profesional reflexivo. Barcelona: Paidós.
  • Zuluaga, O. & Echeverri, A. (2003). “El florecimiento de las investigaciones pedagógicas”, en Pedagogía y Epistemología. Bogotá: Grupo Historia de Práctica Pedagógica-Cooperativa Editorial Magisterio, pp. 57-80.

[1]  Estancia de investigación financiada por Conicyt, Chile.

[2] Esta es la denominación que le he asignado al conjunto o familia de géneros que se escriben para desarrollar la reflexión pedagógica en el campo educativo.

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